El camino hacia algunos de los mayores escándalos financieros suele ser una pendiente resbaladiza, que comienza con pequeños compromisos y se convierte en graves actos ilícitos. Shakespeare comprendió bien esta dinámica, y su tragedia *Macbeth* ofrece una perspectiva útil para pensar cómo arraiga el fraude.
En la obra, Macbeth no se propone convertirse en asesino y usurpador de un solo paso. Su ambición avanza empujada por la tentación y la racionalización, y cada acto hace que el siguiente sea más fácil de justificar. El mismo patrón aparece en las conductas corporativas y financieras indebidas, donde una cifra engañosa o una regla torcida puede excusarse como algo temporal, solo para conducir a un engaño mayor.
La lección para ejecutivos, inversores y reguladores es que las señales de alerta suelen aparecer pronto. La presión por alcanzar objetivos, una cultura que tolera los atajos y líderes aislados de consejos honestos aumentan el riesgo. Reconocer estas señales antes de que la primera concesión se convierta en costumbre es mucho más fácil que desmontar un escándalo una vez que se ha extendido.
La intuición de Shakespeare sigue vigente porque la naturaleza humana no ha cambiado. Cuatro siglos después de la escritura de *Macbeth*, las tentaciones que impulsan el fraude siguen siendo muy parecidas. Las organizaciones que toman en serio las lecciones de la obra, fomentando la disidencia abierta y exigiendo responsabilidades a sus líderes, están mejor preparadas para evitar la caída.
Fuente: Wall Street Journal US Business · Resumido por HeadlinesBriefing